La relación entre Castro y sus amos soviéticos fue una en la que estos chasqueaban los dedos y aquel saltaba. Fue tortuosa, delicada, a veces cercana a la fractura, pero ambos sabían que el otro lado representaba las mejores cartas sobre la mesa.

Por: Andrés Alburquerque, miembro sénior, MSI²
Prólogo necesario
Impulsado por la aplastante derrota que sufrimos en las elecciones para la alcaldía de Nueva York, he decidido exponer por medio de una serie de tres artículos el verdadero rostro del comunismo en Cuba. Examinaré cómo, con apenas cinco por ciento del voto popular, los comunistas lograron apoderarse de la isla y mantenerla en lo que parece ser un abrazo de oso eterno. Mi análisis se basa en gran medida en el indispensable “Soviet Cuba” de mi amigo César Reynel Aguilera, así como en mis propios recuerdos de infancia creciendo en un hogar comunista. Al abordar esta tarea, he procurado ser tan minucioso e implacable como sea posible.
Las semillas de la catástrofe cubana: orgullo, poder y el nacimiento de un enclave comunista
La actitud del Ejército estadounidense debió haber sido arrogante; el hecho de que Calixto García quedara fuera de las negociaciones debió haber sido humillante para las fuerzas cubanas que buscaban la independencia de España después de tantos años de estancamiento. Dos generaciones de patriotas—desde Carlos Manuel de Céspedes hasta José Martí habían luchado contra la monarquía española, cuando no estaban ocupados “luchando” entre ellos.
Pero enfrentemos esto desde una perspectiva realista: si los estadounidenses no hubiesen intervenido, Dios sabrá cuánto más se habría prolongado la guerra. El orgullo derrotó al pragmatismo y, desde el primer día, el antiamericanismo disfrazado de nacionalismo sembró las semillas de una narrativa que más tarde sería explotada por ideólogos mucho más peligrosos.
Ese nacionalismo herido herido, pero tercamente auto-justificado se convirtió en terreno fértil para un astuto virus político. Y como todos los virus políticos, no se propagó mediante el debate razonado o la persuasión democrática, sino mediante la explotación de agravios, medias verdades, mitos y resentimientos.
El mito del antiimperialismo y el camino hacia un nuevo imperio
La temprana república cubana nació con contradicciones incorporadas en sus cimientos. Un profundo resentimiento hacia Estados Unidos fue alimentado por élites que resentían la influencia estadounidense, incluso mientras dependían de ella para la estabilidad y la prosperidad. Este resentimiento proporcionó el material cultural bruto que la izquierda refinaría más tarde en su arma propagandística más poderosa: el antiimperialismo.

Sin embargo, como demostraría la historia, este antiimperialismo nunca fue de principios. Nunca estuvo arraigado en un deseo genuino de soberanía. Fue oportunismo político disfrazado de patriotismo, una herramienta para socavar a los oponentes internos y consolidar la hegemonía cultural.
Y de manera irónica trágica ese nacionalismo falso serviría como puente que llevaría a Cuba no hacia la independencia, sino hacia los brazos de un nuevo imperio: la Unión Soviética. La isla cambió un “imperialismo yanqui” por la dominación soviética, completa con asesores militares, dependencia económica y tutela ideológica. Las mismas personas que más gritaban sobre la sombra de Washington terminaron arrodilladas ante la bota de Moscú.
A comienzos de la década de 1920 llegó al Puerto de La Habana un “insignificante” espía soviético de origen polaco: Fabio Grobart, con el típico aspecto y porte de los comunistas; camisa de manga corta por fuera del pantalón; gafas y cabello perfectamente recortado; su “agenda” (libreta) en una mano y unas pocas palabras de español roto mientras dejaba el muelle y negociaba con los dueños de las más modestas casas de huéspedes de la zona. Nadie podía imaginar que se estaba tejiendo el nudo final y que los soviéticos habían cerrado la última brecha en su intrincada red de espías en este hemisferio.
La lección para la derecha moderna es clara:
Una nación que permite que su clase intelectual enmarque el patriotismo como resentimiento en lugar de responsabilidad será eventualmente gobernada por aquellos que desprecian a la nación misma.
Cómo un cinco por ciento se convirtió en poder total
El movimiento comunista en Cuba no fue un movimiento popular. No fue un levantamiento masivo de trabajadores. No fue la voluntad democrática del pueblo. De hecho, hasta 1959, los comunistas cubanos promediaban alrededor del cinco por ciento del voto en las elecciones, cuando se molestaban en postularse.
Entonces, ¿cómo lograron tomar el poder?
Dominaron los mecanismos que todos los movimientos comunistas exitosos explotan:
1. Infiltraron instituciones antes de intentar ganar elecciones.
Sindicatos de maestros, redacciones de periódicos, círculos culturales y federaciones estudiantiles estos se convirtieron en correas de transmisión ideológica mucho antes de que un solo comunista ocupara un cargo en el gabinete.
2. Se posicionaron como la “vanguardia moral”.
Los comunistas aprendieron a envolverse en el lenguaje de la justicia y la anticorrupción, presentando a todos los oponentes como moralmente comprometidos. Esta estrategia retórica que aún se utiliza hoy permitió que una ideología minoritaria dominara la narrativa moral.
3. Secuestraron el discurso nacionalista.
Al convertir antiguos agravios históricos en armas, reformularon el marxismo como una continuación de la lucha independentista. Poco importaba que José Martí, el apóstol de la independencia cubana, aborreciera la tiranía colectivista. La precisión histórica importaba mucho menos que el impacto emocional.
4. Se alinearon con un forastero carismático.
Fidel Castro no era comunista al inicio, pero era el recipiente perfecto: ambicioso, teatral, resentido y, sobre todo, obsesionado con el poder. Los comunistas reconocieron en él lo que muchos en la derecha aún no logran ver: que el carisma sin principios es el aliado natural de la ideología totalitaria.
5. Esperaron. Pacientemente. Como todos los movimientos marxistas.
Cuando finalmente llegó el momento de crisis el colapso del régimen de Batista los comunistas eran la única facción organizada y disciplinada preparada para tomar el vacío de poder.
Por qué esto importa hoy
Es tentador ver la tragedia cubana como algo exclusivamente cubano, producto de la historia caribeña, el temperamento latino o la geopolítica de la Guerra Fría. Pero esa interpretación, aunque cómoda, es peligrosamente ingenua.
Los mecanismos mediante los cuales un cinco por ciento de ideólogos puede conquistar una nación entera siguen muy vivos en el mundo occidental, incluidos los Estados Unidos. La estrategia de infiltración institucional, control de la narrativa, censura cultural y la utilización de agravios históricos continúan siendo el manual estándar de la izquierda contemporánea.
Cuba no es una advertencia lejana. Es un espejo, uno en el que muchos estadounidenses preferirían no mirarse.
En mi próximo artículo, examinaré cómo los comunistas cubanos, siguiendo las directivas de Moscú y utilizando a un cliente a veces incómodo, impredecible y siempre narcisista, desplegaron la metodología soviética para atrincherarse permanentemente en el poder, y cómo estas tácticas resuenan en las batallas políticas occidentales de hoy.
Tres visiones erróneas y engañosas pueden surgir de una lectura superficial de mi análisis: que los soviéticos veían a Cuba como su joya de la corona; que Castro era solo un títere; así como la contradicción entre un cinco por ciento del voto y la toma del poder absoluto nada más lejos de la realidad. Cuba era solo un eslabón en la cadena; los soviéticos entrenaron meticulosamente un “ejército” de “cuadros” que enviaron por todo el hemisferio occidental, incluidos Canadá y Estados Unidos. Puede que Cuba ni siquiera estuviera en su lista de prioridades al inicio. Pero aprovecharon la oportunidad ante los primeros signos de debilidad.
“La relación entre Castro y sus amos soviéticos fue una en la que estos chasqueaban los dedos y aquel saltaba. Fue tortuosa, delicada, a veces cercana a la fractura, pero ambos sabían que el otro lado representaba las mejores cartas sobre la mesa.”
Finalmente, el lector debe tener presente que el sistema comunista no funciona con los mismos estándares que nosotros. Palabras como “secreto” y “clandestino” son términos clave en su lenguaje. Como descendiente de una familia comunista con un patriarca clandestino, puedo asegurar que hubo cientos de miles que consciente o inconscientemente se convirtieron en colaboradores del “partido” en algún momento de sus vidas. Eso explica, en cierta medida, el ataque masivo de amnesia que ha sufrido el pueblo cubano, así como está ocurriendo ahora mismo en Estados Unidos.
CONTINUARÁ…
Las opiniones son del autor y no reflejan necesariamente la posición del Instituto. Para más información del Miami Strategic Intelligence Institute (MSI²), en www.miamistrategicintel.com
